Ralph Baer: El verdadero padre de los videojuegos  

 
Jorge Maltrain
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Ralph Baer: El verdadero padre de los videojuegos

Afrontémoslo. Si a cualquiera que se considere gamer le preguntáramos si conoce a Shigeru Miyamoto, Hideo Kojima o John Carmack, lo más probable es que sepa de quién se trata y hasta pueda decir, con relativa certeza, qué juegos llevan su firma.

¿Qué pasaría, sin embargo, cuando les preguntamos por el alemán Ralph Henry Baer? Lo más seguro, por el contrario, es que ese gamer se encoja de hombros y pase olímpicamente de dar una respuesta, mientras toma el control de su consola favorita para seguir inmerso en alguna aventura virtual.

¡Qué injusticia para un hombre que, en lugar del olvido masivo, debería ser recordado y reconocido nada menos que por haber inventado el concepto de... las consolas y los videojuegos! En efecto, este hombre nacido en Alemania en 1922 y fallecido hace sólo unos días en Estados Unidos, es el principal responsable de que hoy pasemos horas y horas frente al televisor jugando en nuestra PlayStation, Xbox o Wii.

Su vida, no obstante, estuvo lejos de la felicidad que nos otorga poder visitar tantos mundos virtuales en nuestros aparatos. Y es que sólo imaginen esta combinación: alemán, de ascendencia judía y en plenos años ‘30, durante el auge del nazismo encabezado por Adolf Hitler.

Fue en esa Alemania humillada, tras su derrota en la Primera Guerra Mundial, donde Ralph y su familia crecieron, afrontando el sinnúmero de problemas que vivían los germanos y en particular los de origen judío, cuando ya la persecución cobraba sangre.

Fue por eso que Baer se vio obligado a emigrar junto a su familia. Para su fortuna, según contaría tiempo después al sitio web Gamasutra, “lo hicimos sólo tres meses antes de la Kristallnacht (la Noche de los Cristales Rotos), día en que las cosas se pusieron realmente duras. Tuvimos la gran suerte de salir justo a tiempo”.

Por si no lo saben, la Noche de los Cristales Rotos fue una jornada negra en la historia de Alemania, ocurrida entre el 9 y 10 de noviembre de 1938, cuando grupos organizados ligados a los nazis, ayudados por la población civil y ante la vista gorda de las autoridades, sembraron el terror en represalia por el asesinato en París del secretario de la embajada germana a manos de un judío polaco de origen alemán.

Lo cierto es que Baer y su familia zafaron de ese horror partiendo primero a Holanda y posteriormente a Estados Unidos, donde llegaría en 1938, a la edad de 16 años, para radicarse y explotar su innato talento en el campo de la electrónica, graduándose en el Instituto Nacional de Radiocomunicaciones y graduándose como técnico en esta área.

Su capacidad lo llevó a enrolarse en el Ejército, siendo asignado a los cuarteles generales estadounidenses en Londres, Inglaterra, desde donde puso su grano de arena para combatir a la ideología que lo había expulsado de su tierra... una tierra, por cierto, a la que ya no quiso volver tras la Segunda Guerra. Ya no se sentía alemán.

A esas alturas, Baer se había enamorado de otro aparato: la televisión. Y hacia finales de los años ‘40 se convertía en el primer graduado con un Magíster en Ciencias en Ingeniería de Televisión, otorgado por el Instituto Americano de Televisión.

Fue allí que comenzó a desarrollar su faceta como inventor, primero en firmas externas como Wappler Inc. (donde creó una serie de equipos relacionados con la electro medicina), Loral Electronics o Transitron, firma en la que alcanzaría el puesto de vicepresidente.

Luego crearía su propia firma, aunque en 1956 se sumó a Sanders Associates, una empresa que trabajaba como contratista militar y de la cual no saldría nunca más hasta que, en 1987, se retiraría luego de que la firma fuera vendida.

No obstante, pese a esta prolífica y ascendente carrera, a Baer se le había metido en la cabeza un concepto revolucionario, ya a comienzos de los ‘50, mientras trabajaba en Loral, cuando le propuso a sus entonces jefes comenzar a explorar la idea de poder jugar en los televisores.

Y sí, estamos hablando de 1951... ¡hace 68 años! Para que se hagan una idea, recuerden que PlayStation acaba de conmemorar su 25° aniversario o que la primera consola de Nintendo, la recordada NES, cumplirá 35 años durante el 2020.

Como en Loral no lo escucharon y en Sanders no parecía haber mucho espacio para algo tan banal como los juegos electrónicos, Baer comenzó a desarrollar en secreto en un proyecto que cambiaría nuestras vidas.

“Para ser honestos, crear un juego mientras trabajaba en una firma que tenía contratos militares era parte un poco del atrevimiento judío. Tenía una división a mi cargo y ciertamente mi trabajo ya era lo bastante duro como para pensar en productos comerciales y nunca pensé en crear algo semejante a los videojuegos”, señalaba.

Pero Baer se describía como “un tipo creativo, así que sólo hacía lo que creía que tenía que hacer. Como era jefe de una gran división, sólo puse a un par de tipos a trabajar en algo que quería que se hiciese y sobre lo cual nadie tenía que enterarse”.

Ese trabajo dio sus frutos y, una vez que el proyecto pasó de ser sólo una idea, el alemán le mostró a su supervisor Herb Campman lo que estaba haciendo y éste, que vio el potencial de la idea, consiguió la aprobación de un presupuesto de 2.500 dólares para “explorar” la posibilidad de llevar a la realidad este nuevo invento.

“Un mes después ya tuve que hacer una demostración ante el presidente de la compañía y la junta de directores, donde lo que obtuve fueron sólo caras largas”, contaba Baer, pues sólo atinaban a preguntarle qué demonios había hecho con el dinero. Todos menos un par de visionarios que lograron mantener a flote su trabajo.

Así, llegaría el producto final, que sería la llamada “Brown Box” (Caja Café), llamada así por su carcaza similar a la madera y que actualmente es exhibida como uno de los tesoros del Instituto Smithsoniano, en Washington.

Mientras cumplía su trabajo ligado a lo militar, Baer nunca dejó de desarrollar no sólo la idea de una consola, sino también la de videojuegos que pudieran utilizarse en ella. “Lo primero que hicimos fue colocar un punto en la pantalla. Una vez que lo hicimos y entendimos cómo moverlo, pensamos en por qué no colocar un segundo punto para que se persiguieran entre ellos para dejarse fuera de combate. Es así como nació Chase Game, el primer juego”, contaba Baer.

Por cierto, el juego original también es una pieza de exhibición, en el Museo de la Imagen en Movimiento de Astoria, aunque en este caso son miles de personas las que cada año pueden probar el título que sentó las bases de una industria que, por esos años, no estaba en los sueños de nadie.

Por cierto, el simple juego original ya presentaba un accesorio que se volvería no sólo imprescindible, sino que una pieza clave en las consolas actuales: el control. En este caso, los joysticks.

Por cierto, un accesorio que Baer no dudaba en apuntar como tomados de la industria militar. “De hecho, la palabra viene de los joystick de los aeroplanos. Por cierto, no fue una idea original de nosotros, pues ya en los años ‘50 había ordenadores que desplegaban vectores, los cuales se debían mover con estos joysticks. Sin embargo, la idea de utilizarlos para jugar sí que fue nuestra”.

“De nosotros fue la idea de jugar en un televisor. Fuimos nosotros los que pensamos en apuntar y disparar a una pantalla con una pistola láser. Todo eso era original y se dio muy rápidamente, porque teníamos poco tiempo para trabajar en cada idea, pues un técnico podía llevar unas semanas con algo, pero después tenía que ir a otro programa de la compañía, ligado al tema militar, que era prioritario”, cuenta.

Y si bien pasaron largos años antes de concretar la idea, para Baer “no fueron más de 18 meses los que trabajamos efectivamente en el proyecto, porque nadie duraba demasiado tiempo antes de tener que asumir otro compromiso en la firma”.

Ya a comienzos de los ‘70 la idea tenía forma, pero ningún fabricante de televisores parecía interesado en su producto... hasta que hubo uno que se atrevió a licenciarlo: Magnavox.

Un año después, en 1972, la primera consola casera comercial saldría al mercado como Magnavox Odyssey. Una máquina que llegó a vender más de 300 mil unidades y por algún tiempo llegó incluso a ser de los productos más rentables de la empresa Sanders para la cual trabajaba Baer.

Fue una consola que marcó varios hitos. De hecho, como ya apuntábamos, su pistola láser fue el primer periférico de una consola, formando parte de la expansión conocida como Galería de Tiro.

Por cierto, el éxito de la consola llevaría a Nolan Bushnell a crear la primera máquina arcade, basada en la idea del tenis de mesa creada por Baer. Su compañía, Atari, presentaría así al mundo el juego... Pong.

Por cierto, Magnavox y Sanders demandaron a Bushnell por infracción de patentes, pero si bien ganaron la acción legal, fueron perdiendo terreno durante los ‘70 contra una Atari que poco a poco comenzó a marcar diferencias al tener más y mejores juegos que Odyssey.

Con la misión cumplida de ver su sueño hecho realidad, Baer tampoco siguió muy involucrado en la naciente industria de videojuegos y no quiso involucrarse en la pelea casi cultural respecto a si había que considerarlo a Bushnell o a él como “el padre de los videojuegos”.

“Bushnell ha contado la misma historia sin sentido por 40 años y no puede cambiarla porque afectaría su legado. ¿Pero cómo me siento yo al respecto? Pues creó que la vida es muy corta para guardar rencores”, explicaba cuando le preguntaban sobre una disputa que se vio adornada por los conflictos legales entre sus empresas.

Sus últimos coqueteos con los videojuegos los daría con la empresa Coleco, a la cual ayudó para que lanzara su sistema Telstar, y con la propia Magnavox, hacia fines de los ‘70, en el desarrollo de la Odyssey 2, que mostró innovaciones importantes, como un teclado de membrana, una unidad sintetizadora de sonidos y un cartucho especial que permitía a los usuarios programar la máquina.

La máquina, pese a lo muy avanzada a su tiempo, no fue un bombazo, aunque supo mantenerse como una alternativa a las más baratas Atari 2600 e Intellivision.

En los años siguientes, Baer se mantuvo creando (fue el diseñador del juego electrónico Simon, muy popular en su momento) y su aporte fue vastamente valorado, siendo sus dos mayores reconocimientos la Medalla Nacional de Tecnología, entregada en 2006 por el gobierno de George W. Bush, y el ser incluido en el Salón de la Fama de los Inventores en 2010 por el Departamento de Comercio en Washington.

El 6 de diciembre de 2014, a la edad de 92 años, Baer murió en su casa en Nueva York. Se iba así el padre de ese hobby que nos maravilla y ha dado tantas alegrías.

Antes de morir, le preguntaron cuál era su juego favorito. Y no lo dudó: “el primer ping pong que hicimos... es que todo esto tenía que nacer de alguna parte”.

This topic was modified hace 6 meses 2 times by Jorge Maltrain
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Respondido : 21/05/2019 3:21 pm

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