Erotismo y videojuegos: adolescencia gamer

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Es extraño que, a pesar de que los videojuegos siempre intentan usar toda la vanguardia tecnológica a la que puedan echar mano, por ejemplo haciendo uso muy tempranamente de interfaces de entrada que ahora son usadas con masividad en todo tipo de aparatos eléctricos, en materia de temáticas sociales a abordar aún se mantienen en una línea de defensa bastante conservadora, jugando al empate con el resto de medios de expresión cultural.

Podemos justificarlo en el que la industria es harto incipiente. Ya lo he dicho otras veces, estamos tal vez a mediados de la adolescencia, viendo recién algunos atrevidos atisbos de escenarios moralmente más complejos y grises, alejándonos tímidamente del maniqueísmo propio de la infancia donde sólo hay buenos muy buenos y villanos malísimos.

Fiel prueba de ello es el uso del erotismo y el sexo en los videojuegos.

El estreno de Sengan Kagura, hace unos años, y toda la polémica por la censura que han ejercido Nintendo (en sagas de rol tan míticas como Fire Emblem) o Sony (con el próximo Catherine: Full Body), me han hecho pensar que, por ahora, el abordaje de la sexualidad se ha reducido a un juego de muñecas virtual donde personalizamos y casamos a personajes bajo nuestro control o usamos la pantalla como reemplazo de ese catálogo de lencería que misteriosamente se le desaparecía a nuestras madres.

Desde los ’80 que ya existía en los arcades Pocket Gal, ese strip pool que nos permitía desnudar paulatinamente a una cándida y pixelada waifu, siempre y cuando conseguiéramos alcanzar una meta en el marcador haciendo carambolas.

La misma recompensa obteníamos en Girls Panic, esa variante del Quix, donde cubriendo un 80% de la superficie de la pantalla uniendo bordes con un radiante puntero verde nos descubría a unas mozas niponas en seductoras poses para la foto y más ligeras de ropa a medida que pasábamos niveles.

Puro placer voyeur a 256 colores, digno de la inocencia infantil que nos da la distancia de aquellos tiempos en que leíamos revistas como la chilena El Pingüino.

Los japos llevaban la delantera. La ultra conservadora sociedad del país del sol naciente es bien conocida por reprimir su sexualidad a niveles que no vemos en occidente tal vez desde la era victoriana.

Pero eso también ha sido caldo de cultivo para que desde esa misma represión emerjan, casi como una lanza de la contracultura, multitud de eroges, que son videojuegos con una fuerte carga erótica y pornográfica, que transitan desde las inocentes novelas visuales herederas del tropo harém hasta el RPG de fantasía medieval más osado, con evidentes referencias al hentai de damiselas en apuros y tentáculos por todos lados. TODOS.

Y claro, todos los actuales juegos en 3D, con polígonos por millón y físicas de rebote que dejan boquiabierto a un gran público, tienen directa aplicación en juegos de lucha que abordan desde las peleas tipo VS de los Dead or Alive o el mediocre Rumble Roses hasta Lollipop Chainsaw, el brawler picarón de Suda51, o el más exhibicionista Akiba’s Trip.

Por ahora, sólo habría uso del erotismo como fuente de estimulación para el placer más personal y privado, “si saben a lo que me refiero”.

Por otro lado, tenemos juegos que se han atrevido a dar un paso más allá y colocan en el tapete también elementos importantes de drama y romance a través del desarrollo de una relación amorosa, pero apenas con la complejidad que solemos ver en las novelas y películas de fantasía adolescente tipo Crepúsculo o los doramas protagonizados por núbiles estrellas del J-Pop, que no distan mucho de ese retrato almibarado del amor que nos proponen las teleseries venezolanas o la canción pop romántica latina.

Con la clara diferencia, eso sí, de que tanta coquetería y escena cursi será el recorrido para que nuestros esfuerzos leveleando o superando QTE’s se vea recompensada por escenas de sexo que, pese a los esfuerzos por dotarlas de seriedad y castigados por las limitaciones tecnológicas del valle inquietante, suelen ser tan ridículas e incómodas como porno protagonizados por versiones más realistas de las marionetas de los Thunderbirds.

Hay que reconocer que gente como Bioware e Intelligent Systems en sus RPG’s se atreven a dar pasos más rupturistas incorporando de frentón a la comunidad LGBT, ya que con la personalización de nuestro avatar y cambios en su género predeterminado, se pueden dar con total naturalidad relaciones que se saltan la bipolaridad hombre-mujer y que se ven mucho más coherentes que las forzadas casitas de muñecas gay de The Sims, pero aún con un dejo de que ciertas partes del guión o de las mecánicas nos conducen forzosamente a esa escena de sexo que finalmente es gratuita y no encaja por ningún lado en el “gran cuadro” de la narración que protagonizamos.

O tal vez sea otro momento calenturriento destinado a alborotar nuestras hormonas, pero más elaborado.

Tal vez a nivel mainstream el que ha incorporado el sexo y el erotismo como parte fundamental y fundacional de su narrativa y universo sea el segundo Silent Hill, el que además se atreve con temas tan escabrosos como el abuso sexual y la evidente culpa del prota por su deseo sexual por otras mujeres mientras su esposa agoniza, lo que se traduce en las pesadillas que acosarán a nuestro avatar y a varios de los secundarios con los que nos topamos.

La tragedia de James Sutherland dejó una delicada estela que aún espera eclosionar en un medio aún muy inmaduro, que debe regirse por las imposiciones comerciales y que, por ahora, todavía juega a las casitas de muñecas con resultados sexuales.

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